Personalidades

Eduardo Galeano

El 3 de setiembre de 1940 nació, en Montevideo, este escritor uruguayo que publicó obras de distintos géneros, muchas de las cuales recorrieron el mundo, traducidas a diferentes lenguas.

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A los 14 años publicó sus primeros dibujos con el seudónimo “Gius”, que es la pronunciación castellana de su primer apellido, ya que su verdadero nombre es Eduardo Hughes Galeano.

A los 20 años fue jefe de redacción del semanario “Marcha” y, cuatro años más tarde, director del diario “Época”, ambos en nuestro país.

En 1973 se trasladó a Buenos Aires, donde fundó y dirigió la revista “Crisis”.

Durante el período de dictadura militar que vivió Uruguay, pasó a vivir a España, al norte de Barcelona. Desde allí publicó artículos en revistas españolas. Colaboró también con una radio de Alemania y con un canal de televisión de México.

En 1985, cuando se recuperó la vida democrática en Uruguay, volvió a radicarse en Montevideo.

Su obras Las venas abiertas de América Latina ha sido traducida a unos veinte idiomas (entre ellos, alemán, francés, griego, hebreo, holandés, inglés, italiano, japonés, noruego, portugués, rudo y turco).

Sus obras Memorias de fuego, Días y noches de amor y de guerra fueron traducidas a más de diez lenguas; El libro de los abrazos, a ocho.

En 1995 publicó El fútbol a sol y a sombras que comienza con esta confesión del autor:

Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero solo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país.

Como hincha, también dejaba mucho que desear. Juan Alberto Schiaffino y Julio César Abbadie jugaban en Peñarol, el cuadro enemigo. Como buen hincha Nacional, yo hacía todo lo posible por odiarlos. Pero el Pepe Schiaffino, con sus pases magistrales, armaba el juego de su equipo como si lo estuviera viendo la cancha desde lo más alto de la torre del estadio, y el Pardo Abbadie deslizaba la pelota sobre la línea blanca de la orilla y corría con botas de siete leguas, hamacándose sin rizar la pelota ni tocar a los rivales: yo no tenía más remedio que admirarlos, y hasta me daban ganas de aplaudirlos.

Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo del buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

- Una linda jugadita, por amor de Dios.

Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece. 
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